La Serranía de Ronda llegó a tener en el pasado casi 14.000 hectáreas de viñedo. Tal era la extensión antes de la entrada de la filoxera en 1878 que acabó con la práctica totalidad de este cultivo en la zona, que los hoy famosos bosques de castaño, aunque cueste imaginarlo, eran enormes extensiones de viñas.
Tras aquella plaga pocos fueron los agricultores que se atrevieron a plantarlas una vez que se encontró la solución. Tan solo se mantuvo la actividad en pequeñas parcelas con la finalidad de elaborar mosto para consumo local.
Precisamente, uno de esos viñedos de montaña situado en la localidad de Cartajima está siendo objetivo de estudio para recuperar aquellas variedades tradicionales malagueñas que tanto esplendor tuvieron en el pasado.
El proyecto, encabezado por el viticultor, José Marín, y el enólogo, Manuel Carrizosa, busca devolver a la vinificación estas variedades entre las que se encuentran algunas como la perruna, rey o temprana alcornocal, aunque existen otras en menor proporción que también están siendo analizadas para su identificación.

Aquellas cepas viejas, de entre 60 y 80 años, han vuelto a la vida gracias a trabajo de José Marín, un sevillano de nacimiento, gaditano de adopción y residente en Australia desde hace bastantes años. Ahora, afincado a temporadas en el Valle del Genal, decidió tratar de recuperar alguno de aquellos viñedos viejos de los que les hablaban sus nuevos paisanos. “Me decían que aquello había sido tierra de viñas y que todavía quedaban algunos, aunque me costaba imaginarlo al mirar alrededor y verlo todo lleno de castaños”, ha explicado.
Unas conversaciones que, como aficionado al vino, le hicieron nacer un interés por buscar y tratar de recuperar alguno de esos viejos viñedos. En ese camino encontró a José María, propietario de uno de estos viñedos en Cartajima y que hacía muchos años que lo había abandonado ante la imposibilidad de trabajarlo. “Hablé con él, me dio las llaves y me dijo que intentara recuperarlo”, ha relatado.
Eso sí, al llegar a parcela la situación no tenía nada que ver con lo que había imaginado. Las cepas estaban completamente enterradas en matorral y solo se intuía dónde se ubicaban algunas de ellas en las empinadas laderas que traer recuerdos de la Axarquía y su vendimia heroica, al igual que ocurre en le Ribeira Sacra gallega.
Reto personal y amor por el campo
Aceptado el reto el trabajo era ingente. Había que desbrozar todo y trabajar unas cepas que llevan casi veinte años creciendo a su antojo y sin ningún tipo de poda.
En ese camino sumó a Manuel Carrizosa, aunque lo hizo a modo de reto tras ver la parcela y aquel “loco” proyecto. “Si lo devuelves a la vida yo te hago el vino”, le dijo en pleno viñedo.

Fue entonces cuando se inició un duro y largo trabajo hasta despejar todo el monte y poner nuevamente en producción el viñedo. “Los paisanos me decían que nadie le había dado nuevamente a esas uvas la importancia que tuvieron y nosotros se la queremos devolver, ese es uno de los retos”, ha explicado.
Con la segunda vendimia ya completada, aprendiendo todavía sobre el manejo de la parcela y su comportamiento, han iniciado el proceso para que estas variedades pueden volver a ser incluidas en el catálogo de vinificables y, posteriormente, solicitar su inclusión dentro del Consejo Regulador de los Vinos de Málaga y Sierras de Málaga.
“Hemos comenzado a trabajar con el IFAPA para la identificación científica de las variedades que tenemos, por lo que hemos realizado una recogida de material vegetal para que puedan realizar el trabajo”, ha explicado Carrizosa.

Además, al igual que opina su compañero de aventura, coincide en que “es un proyecto más de amor por la tierra y respeto que vitivinícola, en estos momentos trabajamos con variedades que no podemos comercializar”.
Vino espumoso
A pesar de ello, sí que están haciendo pruebas para saber qué tipo de elaboración se adapta mejor a las características de estas uvas que tienen entre 10,5 y 11 grados de alcohol.
Precisamente, este hecho les hizo asustarse en un primer momento, aunque tras ensayar elaboraciones de blanco y de espumoso, creen que las características de las uvas se adaptan mucho mejor al segundo. “Creemos que tiene las condiciones adecuadas para poder hacer un buen espumoso”, ha señalado Carrizosa. En este sentido, ha explicado que “el blanco estaba también muy rico, muy aromático, pero era uno más, sin más, el espumoso creo que puede ser muy especial”.
Por ello han decidido seguir trabajando en esta línea de cara al momento en el que las uvas estén plenamente identificadas, calificadas y pueda volver a elaborarse vino comercial con ellas.



